

Donde no se ha sacado lo malo no cabe lo bueno, y el amor no entra a una casa que todavía no aprende a recibir. La primera limpia, la segunda abre, la tercera trae. En ese orden es que funciona.

Lo que te dijeron, lo que te tragaste, lo que llevas años cargando por otros. Sale de tu casa y de tu cuerpo esa misma noche.
Al otro día amaneces liviana y en la casa nadie sabe qué te pasó.
Armas tu frasco y escribes de tu puño lo que sí vas a recibir. El «yo no merezco» se queda afuera.
El frasco se queda donde tú decidas, con tu palabra adentro.
Tu carta. Cómo te habla, cómo te trata, qué ya no vas a aceptar. Con su nombre si ya sabes quién es, y si todavía no, «mi alma gemela».
La sellas y se queda en tu billetera. Esta vez lo pides siendo la que ya se limpió y ya sabe recibir.

Con cada noche te queda grabado su decreto, la frase que sella lo que hiciste. Le das play mientras te arreglas y lo decimos juntas, en voz alta o bajito si hay gente en la casa.
Va el de la noche que acabas de hacer, no los tres al tiempo. Cinco minutos, antes de que el día empiece a pedirte cosas. Si un día se te pasa, al otro le das play y seguimos.
Los tres se quedan en tu celular. Tuyos, y los vuelves a poner el día que los necesites.
¿Qué sale más caro?
Otro año probando cosas sueltas que te dan aire un ratico y te devuelven al mismo punto. O cuarenta y siete dólares, esta noche, y ya. Son las tres noches con sus tres audios, y se quedan tuyas para siempre.