
Antes eras liviana. Te reías fácil, decías que sí porque querías —no por no quedar mal.
¿Y si no estás cansada de ti, sino cargada de todos? La pelea, la culpa, lo que te dejaron, lo que absorbiste sin darte cuenta.
Esta noche lo limpias. Y mañana amaneces liviana: duermes de corrido, el pecho no pesa, dices “no” sin dar explicaciones, te ríes fácil. Esa energía que gastabas en todos, por fin se gasta en ti.
Limpiar es un acto de poder: le pones nombre a lo que te pesa, lo cortas de raíz, y lo sellas para que no se te vuelva a pegar. Por eso una noche alcanza.
Vacía de lo ajeno, por fin te llega lo tuyo: el descanso, las ganas de ti misma, el sí que no llegaba. Dejas de sostener a todos y empiezas a recibir.
No es para la que quiere seguir aguantando. Es para la que ya se cansó de ser el paño de lágrimas de todos.